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La beata María Emilia Riquelme: un amor sin límites por el Señor

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María Emilia Riquelme y Zayas ya es beata desde desde el pasado 9 de noviembre. En este video que ha sido producido y realizado por Confía Producciones queremos mostrar la vida y la obra que la beata nos ha dejado como legado. A continuación para todas aquellas personas que no conozcan todavía a esta maravillosa mujer enamorada de Cristo os dejamos parte de su vida y los frutos que se han cosechado de la mano de la plataforma web dedicada a la causa de su beatificación

María Emilia Riquelme y Zayas nace el día 5 de agosto de 1847 en Granada (España). Hija de don Joaquín Riquelme y Gómez, Capitán General del Ejército español y de doña Emilia Zayas Fernández de Córdoba y de la Vega, descendiente del Gran Capitán. Desde su primera infancia mostró una clara inteligencia y hondura espiritual en la vivencia de la fe cristiana que se compartía en su hogar familiar. A los 7 años María Emilia quedó huérfana de madre. Su orfandad se ilumina con una inefable experiencia en su alma: Siente la presencia de la Virgen María con Jesús en los brazos. María Emilia hizo promesa de fidelidad a Jesús y a María, que fue ratificada en su adolescencia con una nueva presencia de María Inmaculada.

JOVEN EJEMPLAR

La Cruz se abrió paso a la luz de un alma limpia. Exteriormente nada especial, pero sus contemporáneos atestiguan que «era muy buena y obediente y constantemente se sacrificaba mucho, como una santa». La enfermedad y muerte de su hermano Joaquín a la edad de 17 años, deja al General y a María Emilia sumidos en inmenso dolor.
Acompaña al General en sus destinos militares en Tenerife, Sevilla, La Coruña, Madrid y Lisboa. El padre se ocupó de su formación integral facilitando para ella colegios y profesorado y por encima de todo comparten padre e hija la fe en Dios y en la Virgen María, espíritu que moviliza a María Emilia en el apostolado con los pobres y necesitados. «Los pobres son mis amigos», decía.

FIEL AL QUERER DE DIOS

María Emilia siente desde su infancia el deseo de entregarse totalmente a Dios. Su centro y fuerza es Jesús en el Santísimo Sacramento, de tal manera que solicita y el Obispado le concede tener, en su oratorio privado, al Santísimo Sacramento.
Dirá: «La Eucaristía es el paraíso de la tierra. La adoración mi hora de cielo, mi recreo y descanso espiritual».
Expone a su padre el deseo de ser religiosa y éste no quiere quedarse sin su única hija. María Emilia ofrece a Dios y espera con paz se haga su voluntad divina. Cuida con filial amor a su padre hasta que fallece cristianamente en Sevilla. Esta nueva pérdida, agiganta en ella la fe en Dios. Hereda los bienes paternos. ¿Qué hace? Obras de caridad y apostolado. Y sigue buscando lo que Dios quiere de su vida.
«Acepta la Cruz que Dios te envía, no busques otra, esa es de oro para ti», escribía y, a los pocos años de la fundación le sobrevienen toda clase de pruebas, muertes inesperadas de religiosas muy queridas y difamaciones que pretenden hundir la obra de Dios. María Emilia vence heroicamente con el arma de la oración. Ella misma nos dice: «Pude seguir el impulso divino que me apremiaba, perdiendo mi pobre nada en Dios, que fue siempre mi todo».

FUNDADORA

María Emilia, movida por el Espíritu Santo, se siente llamada a fundar la Congregación de Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, que adore al Señor día y noche y trabaje en el campo de la educación y en misiones.
La Congregación fue avalada primero por el Obispo diocesano de Granada en 1896 y definitivamente aprobada por el Papa San Pío X en Roma, en el año 1912.
Mujer contemplativa y apostólica. Como fundadora, escribe las líneas fundamentales de la Congregación: «Se dedicarán a la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento, a la educación de la niñez y juventud, y a las misiones en países necesitados». Su lema: Entrega voluntaria y alegre por la gloria de Dios y el bien de los hermanos. Y su sello exterior la sencillez y la humildad.
Después de una vida totalmente entregada al servicio de Dios y al amor al prójimo, María Emilia entrega su alma a Dios en la Casa Madre de Granada, el 10 de diciembre de 1940. La noticia de su santa muerte se difundió por toda la ciudad. Gentes de toda clase vinieron para enaltecer a esta hija humilde y esclarecida.

 

CURACIÓN DE UNA PANCREATITIS SEVERA

RELATO TESTIMONIO DE NUESTRA HERMANA EMILIA ROSA YEPES

Yo, Emilia Rosa Yepes Rodríguez, Misionera del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, doy el siguiente testimonio sobre las maravillas de Dios, a través de Nuestra Madre Fundadora, realizadas en mi familia, concretamente en uno de mis hermanos: Nelson de Jesús Yepes Rodríguez.

Recibí la noticia de que a mi hermano Nelson lo traían de mi Pueblo (Altamira) en ambulancia con un fuerte dolor en el estómago y, según diagnóstico del médico de turno en el pueblo, era algo muy delicado. Me dirigí a la Clínica del Rosario en Medellín, donde había sido remitido, para esperar que llegara la ambulancia.

Al llegar, a las 19:00 horas observé lo delicado que se encontraba y con la incertidumbre de no saber lo que realmente tenía, fue atendido de inmediato, practicándole una radiografía que no mostró lo que estaba pasando. Como el dolor en el vientre se agudizaba cada vez más, llamaron de inmediato al cirujano Samuel Blanco, que no se encontraba en la clínica. Al revisarlo dijo: «no sé qué tiene, hay que hacerle inmediatamente una laparoscopia donde nos muestre lo que tiene». De inmediato se procedió. Yo rezaba interiormente la novena a nuestra Madre Fundadora para que descubrieran qué tenía. Después de varias horas de espera angustiosa, salió el cirujano diciéndonos que había que operarlo de inmediato. Su esposa y mis hermanos entramos en profunda angustia. Yo continuaba constantemente pidiendo por intercesión de nuestra Madre Fundadora que no le fuera a pasar nada en el transcurso de la operación. A la 1 de la mañana salió el doctor, dando a conocer el diagnóstico grave: PANCREATITIS SEVERA, y el estado de gravedad, diciéndonos que si se salvaba no podría tomar más un trago de licor, que iría a cuidados intermedios, con la posibilidad de tener que llevarlo a cuidados intensivos por el estado de gravedad en el que se encontraba. Yo estuve todo el tiempo a su lado. El sábado 16 de 2003, a las 11:00 horas, se agravó más su estado de salud y de inmediato fue internado en la unidad de cuidados intensivos totalmente inconsciente.

Entramos la familia y amigos en una profunda angustia. Llamé enseguida al Noviciado para que me trajeran estampas con la novena de nuestra Madre Fundadora, la cual distribuí entre familiares, hermanos y amigos y pedí que rezáramos con mucha fe. Yo coloqué al lado de su cabecera una estampa de Mª Emilia Riquelme y, como no podíamos permanecer dentro de la habitación, en media hora que había de visita, pasaba la estampa por encima de su vientre, a la vez que rezaba la novena con mucha fe pidiendo su curación.

De inmediato llamé para que nos uniéramos en oración, pidiendo por intercesión de nuestra Madre Fundadora su curación. Como en el pueblo no teníamos suficientes estampas de Mª Emilia con la novena, mi hermano Jhon Jairo sacó copia de la que tenía y repartió a un grupo de personas que iban a mi casa a orar todos los días. Pedía a las demás hermanas de la Congregación que hiciéramos la novena por su salud. Encontrándome en Medellín llamé a Cali a la Hna. Margarita Sofía Puello para que colorara un fax de inmediato a Madre Leonor Gutiérrez, Superiora de la casa de Granada (España), para que ante la tumba de nuestra Madre Fundadora pidiera juntamente con las hermanas por su recuperación.

En la clínica del Rosario donde se encontraba mi hermano todos los días se celebraba la Eucaristía, mi familia estaba casi toda allí y asistíamos a la Eucaristía; yo tenía presente que para Mª Emilia la Eucaristía era su Todo. En el momento de la Consagración, pedía con mucha devoción que por medio de nuestra Madre Fundadora se obrara este gran milagro. A nivel personal y familiar teníamos esta profunda fe en Dios en que él se recuperaría, pero el diagnóstico de los médicos internistas que estaban de turno bajaban en momentos nuestros ánimos porque las esperanzas eran muy pocas. Yo, todos los días buscaba al doctor Samuel Blanco, cirujano, que todos los días venía a revisar a mi hermano y lo único que me decía era: «hermana, hay que estar preparados para cualquier desenlace, solo un milagro», y yo le decía llorando: «doctor, yo sé que el milagro va a suceder».

Nos angustiábamos mucho la familia, amigos y conocidos cuanto constantemente le tenían que pasar a cirugía, pero no desfallecimos en la oración.

A los días, mi hermano fue dando señales de vida, aunque los médicos y enfermeras seguían muy pesimistas. Llegó el momento en que lo trasladan de la unidad de cuidados intensivos a cuidados intermedios y después de un tiempo a una habitación. Mi hermano, ya consciente, rezaba desde su lecho de enfermo la novena a nuestra Madre Fundadora que le acompañó y recibía la Sagrada Comunión. El capellán de la Clínica se llama curiosamente Nelson; él me decía: «sólo un milagro» y constantemente le visitaba. Mi hermano Nelson, cuando ya estaba bastante recuperado, pidió ir a la Eucaristía, pero a las enfermeras les daba temor dejarlo ir. Él pidió que lo llevaran en silla de ruedas […] llegó ya iniciado el Evangelio, inmediatamente el sacerdote interrumpió la Eucaristía y le dijo: «¡Nelson milagro!» y animó a los que allí se encontraban para que no perdieran la fe en la recuperación de sus seres queridos y le pidió a mi hermano que contara su enfermedad y el tiempo que llevaba en la clínica. Fueron casi dos meses de angustia.

La familia continúa rezando la novena, ya en acción de gracias, y mi hermano, al regresar al pueblo, nos congregamos todos los familiares, amigos y campesinos en una Eucaristía de acción de gracias por el milagro obrado en él, por intercesión de nuestra Madre Fundadora. En esta Eucaristía, mi hermano tuvo la alegría de ver a su segundo hijo hacer su Primera Comunión, quien no quiso que le hicieran fiesta, sino que dijo: «solo la Eucaristía para agradecerle a Dios por la salud de mi papá».

Mi hermano continúa normalmente con su trabajo y al practicarle varios exámenes nuevamente, el diagnóstico es bueno.

Todo para la gloria de Dios y la pronta glorificación de nuestra Madre Fundadora, Mª Emilia Riquelme y Zayas.

Atentamente

Hna. Emilia Rosa Yepes Rodríguez, missami

14 de agosto de 2003

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