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Papa Francisco recuerda la parábola del Buen Samaritano al visitar enfermos de SIDA

Papa Francisco recuerda la parábola del Buen Samaritano al visitar enfermos de SIDA
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(ACI) El Papa Francisco recordó la parábola del Buen Samaritano al visitar el centro médico de Zimpeto en Mozambique que realiza una importante labor sanitaria en el territorio porque además de atender a personas infectadas del virus VIH / SIDA cuenta con un laboratorio de biología molecular para diagnosticar y prevenir diversas enfermedades.

Tras despedirse de la Nunciatura Apostólica de Maputo, el Santo Padre se trasladó muy temprano por la mañana a este hospital que también tiene el proyecto DREAM (Disease Relief through Excellent and Advanced Means) realizado por la Comunidad de San Egidio.

Por este motivo, el Pontífice fue recibido a su llegada por el fundador de San Egidio, Andrea Riccardi, la coordinadora nacional del proyecto DREAM y la directora local del centro de Maputo, mientras que los niños y voluntarios locales cantaban.

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Según indicaron los organizadores, en esta breve visita estuvieron presentes casi 1.500 personas entre pacientes, familiares, voluntarios, benefactores, junto a líderes eclesiales y civiles.

Durante el cálido encuentro, el Papa Francisco develó también una placa conmemorativa de la visita y destacó “la luz de la esperanza de tantos que acogen” en este lugar, y añadió que esta luz recibida por tantos hombres y mujeres permite que ellos mismos se pongan también al servicio.

En esta línea, el Santo Padre los animó a seguir adelante con este trabajo que realizan en esta población de Mozambique desde el 7 de junio de 2018, fecha en la que fue inaugurado este centro médico, y en el resto de los países de África.

Luego, el Papa escuchó el saludo de una mujer enferma y después visitó en forma privada a algunos enfermos de este centro médico.

A continuación, publicamos el texto preparado por el Papa Francisco para esta visita privada.

Queridos hermanos y hermanas:
Muchas gracias por la calurosa y fraterna acogida; también por las palabras de Cacilda.

Gracias por tu vida y testimonio, expresión de que este Centro de salud polivalente “San Egidio” de Zimpeto es la manifestación del amor de Dios, siempre dispuesto a soplar vida y esperanza donde abunda la muerte y el dolor.

Saludo cordialmente a los responsables, a los operadores sanitarios, a los enfermos y a sus familiares, y a todos los presentes. Al ver cómo curan y acogen con competencia, profesionalismo y amor a tantas personas enfermas, en particular a enfermos de SIDA/HIV, especialmente mujeres y niños, recuerdo la parábola del Buen Samaritano.

Todos los que han pasado por aquí, todos los que vienen con desesperación y angustia, son como ese hombre tirado al borde del camino. Y, aquí, ustedes no han pasado de largo, no han seguido su camino como lo hicieron otros —el levita y el sacerdote—.

Este centro nos muestra que hubo quienes se detuvieron y sintieron compasión, que no cedieron a la tentación de decir “no hay nada por hacer”, “es imposible combatir esta plaga”, y se animaron a buscar soluciones. Ustedes, como lo ha expresado Cacilda, han escuchado ese grito silencioso, apenas audible, de infinidad de mujeres, de tantos que vivían con vergüenza, marginados, juzgados por todos. Por eso han sumado a esta casa, donde el Señor vive con los que están al costado del camino, a los que padecen cáncer, tuberculosis, y a centenares de desnutridos, especialmente niños y jóvenes.

Así todas las personas que de diversas maneras participan de esta comunidad sanitaria se vuelven expresión del Corazón de Jesús para que nadie piense «que su grito se ha perdido en el vacío […], son un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa “atención amante”, que honra al otro como persona y busca su bien» (Mensaje en la II Jornada Mundial de los pobres, 18 noviembre 2018, n. 3).

Escuchar este grito les ha hecho entender que no bastaba con un tratamiento médico, ciertamente necesario; por eso han mirado la integralidad de la problemática, para restituir la dignidad de mujeres y niños, ayudándolos a proyectar un futuro mejor.

En este amplio campo que se les ha ido abriendo por escuchar de manera constante, también han experimentado su limitación, la carencia de medios de toda índole. El programa, que han desarrollado y que los ha conectado con otros lugares del mundo, es un ejemplo de humildad por haber reconocido los propios límites, y de creatividad para trabajar en red.

«A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos […]. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo» (ibíd., n. 7).

El empeño gratuito y voluntario de tantas personas de diversas profesiones —dermatología, medicina interna, neurología y radiología, entre otras; más de cinco mil médicos, enfermeros, biólogos coordinadores y técnicos— que, durante años, a través de la telemedicina, han prestado su valiosa tarea para formar operadores locales, tiene en sí mismo un enorme valor humano y evangélico.

Al mismo tiempo, es asombroso constatar cómo esta escucha de los más frágiles, de los pobres, los enfermos, nos pone en contacto con otra parte del mundo frágil: pienso en «los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22)» (Carta enc. Laudato si’, 2). Como en esas esculturas del arte makonde —las llamadas ujamaa (“familia extendida”, en suahili, o “árbol de la vida”) con varias figuras enlazadas entre sí donde prevalece la unión y la solidaridad sobre el individuo—, tenemos que darnos cuenta que somos todos parte de un mismo tronco.

Ustedes han sabido percibirlo, y esa escucha los ha llevado a buscar modos sustentables en la procura de energía, también de acopio y reserva de agua; sus opciones de bajo impacto ambiental son un modelo virtuoso, un ejemplo a seguir ante la urgencia del deterioro del planeta.

El texto del Buen Samaritano concluye dejando al sufriente en la “posada”, entregándole algo de la paga y prometiéndole el resto a su vuelta. Mujeres como Cacilda, y como esos aproximadamente 100.000 niños que pueden escribir una nueva página de la historia libres de HIV/SIDA, así como de tantos otros anónimos que hoy sonríen porque fueron curados con dignidad en su dignidad, son parte de la paga que el Señor les ha dejado: regalos de presencias que, saliendo de la pesadilla de la enfermedad, sin ocultar su condición, transmiten la esperanza a muchas personas, contagian ese “yo sueño” a tantos que necesitan que los recojan del borde camino.

La otra parte la retribuirá el Señor “cuando Él vuelva”, y eso les tiene que llenar de alegría: cuando nosotros nos vayamos, cuando vuelvan a la tarea cotidiana, cuando nadie les aplauda ni los considere, sigan recibiendo a los que llegan, salgan a buscarlos heridos y derrotados en las periferias. No olvidemos que sus nombres, escritos en el cielo, tienen al lado una inscripción: estos son los benditos de mi Padre. Renueven los esfuerzos y permitan que aquí se siga “pariendo” la esperanza.

Dios los bendiga, queridos enfermos y familiares, y a cuantos los asisten con mucho cariño y los animan a continuar.

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