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Ricardo Franco: superó su enfermedad mental gracias a la fe

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Ricardo Franco es el director editorial de Freshbook pero también tiene una historia detrás que bien podría ser de una novela o un libro como los que presente para su editorial. Su infancia, fue una etapa en la vida de Ricardo carente de afectos. «Yo empezaba a entender la muerte como descanso, descanso de qué, de un miedo a la vida», explica.

Según iba creciendo, Ricardo tenía miedo a vivir, tenía una inseguridad tremenda. «Recuerdo estar en clase dentro de un grandísimo silencio, en mi había un silencio muy grande, como una burbuja de la que me era muy difícil salir».

Una etapa complicada para Ricardo que tenía que aguantar todos los días los mismos chistes, las mismas quejas, pero de alguna manera a pesar de estos difíciles caminos donde ha tenido que transitar Dios siempre ha estado a su lado y ha hablado con él.

A partir de aquí os dejamos una carta a corazón abierto de Ricardo en donde cuenta el testimonio de un cristiano normal azotado por una enfermedad mental que gracias a Dios ha logrado superar:

 

La periferia de los psiquiátricos, los trastornos y la depresión: el testimonio de un cristiano normal

 

Yo vengo de una periferia que está en todas partes, pero vive escondida entre nosotros. La hemos escondido, y no se habla de ella. Aunque no está en un lugar lejano

La periferia de la que procedo está escondida en nuestra vieja sociedad europea; es casi invisible porque quien pertenece a ella suele callarse esta pertenencia, por vergüenza, por intentar vivir a la altura de los demás; por intentar vivir la «normalidad» de los demás, pero no puede; no tiene fuerzas para seguir el ritmo impuesto por una sociedad que no se vuelve a mirar a aquellos que se van quedando atrás; caminando cada vez más fatigados, hasta que caen hastiados de cansancio y pena.

Yo provengo de este mundo en el que no sé muy bien cómo entré. Creo que nadie lo sabe; simplemente te ves inmerso en él; poco a poco te engulle en su remolino oscuro y amargo. Pero puede suceder algo que te permita recoger tus pedazos y con los años, reconstruir tu rostro, tu imagen borrosa y rota.

Muchas personas que me han acompañado aún viven: familia, sobre todo, por eso no puedo detallar los acontecimientos más cruentos y dolorosos. De hecho, muchos no los recuerdo ni yo, porque están borrados por la medicación y el alcohol. Muchas circunstancias no las recuerdo y se han perdido. O de vez en cuando alguien de confianza me recuerda algún pedacito perdido del pasado…

Provengo de una familia de clase media- trabajadora, desde pequeño, el primer recuerdo que no es tanto una circunstancia, sino un sentimiento, es la atracción por la muerte; la muerte deseada como descanso ansiado de una fatiga inexplicable que me sorprendía en cada acción, en cada proyecto, en cada amistad, cada mañana y cada tarde; un ahogamiento vital que me incapacitaba para hacer todo lo que hace un niño a esta edad. Una fatiga, un aburrimiento, un ensimismamiento que me tenía como aturdido y embelesado en mis pensamientos.

Un recuerdo inolvidable es ese en el que yo me sorprendía en clase (en la antigua EGB) absolutamente abstraído y atraído por el silencioso rumor del viento entre las ramas de los chopos que se veían desde la ventana. No existía otra cosa que esa bella estampa, y el deseo de huir con ese viento a no se sabe dónde.

En aquella época mi hermano cambió de colegio para comenzar el bachillerato, y conoció a un sacerdote que impartía la clase de religión. Por las tardes, me hablaba de aquel hombre; de lo que decía en clase y a mí, aquello me llenaba de un extraño deseo de conocer a ese sacerdote porque cada palabra que oía sobre él era como un bálsamo para mi herida.

He de decir que jamás tuve problemas con la fe; en casa no se practicaba, no se hablaba de Dios, pero tampoco había una beligerancia contra la Iglesia ni nada parecido. Para mi, Dios existía, estaba de alguna manera ahí, «siempre». Pero ese conocimiento no me cambiaba a mi. No parecía tener nada que ver conmigo. Yo le buscaba, sabía que Él estaba, pero en medio de una oscuridad impenetrable. Y además, nunca me planteé que Él pudiera ayudarme. Yo le rezaba, hablaba con Él, le buscaba. Pero no había una respuesta, aparentemente. Dios no tenía el rostro de Jesús, sino más bien la imagen difusa de alguien inalcanzable, aunque misteriosamente presente. Me viene a la mente un pensamiento que siempre me ha acompañado y que luego ha sido de un gran significado: La visión del Crucificado, sobre todo las manos y los pies; el sufrimiento incomprensible que intenta reflejar el arte acerca de un hombre del pasado que dice ser Dios. ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué se le muestra en las iglesias?

Conocí por fin a aquel cura. Y fue como un shock. Le conocí antes de entrar en su colegio. Esto sería como en 8º de egb. Y deseaba con todo mi corazón poder hablarle de esa herida que yo sufría. Cuando por fin entré en el colegio, pude hablarle, asistir a sus clases, relacionarme con él, y me sucedía algo inexplicable para mi, por lo novedoso de la experiencia. Si estabas con él, si te lo cruzabas en el pasillo, si hablabas con él, todo cambiaba; cambiaba el día y sus tristezas; cambiaba el deseo de huir por una extraña alegría nueva, por tanto desconocida, reconfortante que te hacía estar a gusto en clase, y desear estudiar. Sus palabras, sus clases, incluso su recuerdo eran un bálsamo en la herida y te llenaban de paz.

La imagen que resume aquellos años es la de mi ansia por levantarme, llegar en autobús a la altura del colegio y ver desde el parque las luces encendidas de su despacho. Empecé a ir a la misa que celebraba en el colegio, solo por verle; por escucharle; por escuchar esa voz que me calmaba y me llenaba de ternura. Le buscaba como se busca a alguien muy querido; como se busca aquello que tanto se ha deseado, incluso sin saberlo.

Lo que más me asombraba de aquel hombre era esa ternura sencilla, sin aspavientos ni hipérboles afectivas, que irradiaba con su sola presencia. No es muy hablador; pero en las clases se transformaba en un apasionado testigo de una vida nueva; inimaginablemente bella y grande, digna de vivirse y de anunciarse, y de compartirse. Enseñaba un modo de conocer el corazón y el deseo que te liberaba. No institucionalizó una comida a la semana, pero ninguno de nosotros faltaba a ese día en que bajaba al comedor a la hora en que estábamos nosotros.
No obligaba a asistir a los sacramentos, pero yo no faltaba a ese espectáculo de amor en que se convertía la misa y la confesión. Cada uno de sus gestos se convirtió para mi, en gestos de amor de Jesús por mi pobreza; por mi incapacidad de darme un instante de alegría y de fuerza para vivir la vida. Y hacía desaparecer el miedo al futuro; el miedo de tener que estar abandonado a tus escasas fuerzas.
Cuando pienso en él no puedo evitar recordar a aquellos doce hombres alrededor de aquel Amigo que habían encontrado y que les había reunido. No comprendían nada, pero ya no se despegarían de Él. Yo tampoco comprendía mucho, pero la enfermedad me hizo comprender…

Al encontrar a ese hombre encontré a Cristo. Dios atravesó esa infinita distancia inabarcable, aquella soledad pegajosa, y se acercó a través de aquel hombre. Muchas veces le pregunté qué pensaba Jesús de mí, porque me atenazaba esa pena que ya he descrito y la certeza de mis equivocaciones; de mi pereza, de mi desinterés por todo, de esas bajadas y subidas incontroladas de mi ánimo. Y él hablaba de tal manera de Cristo; de su afecto por mí; de su amor que me creaba en ese instante que yo no pude evitar enamorarme de Cristo. Porque Él era, se hacía carne en la voz y en los gestos de aquel cura. Y la voz y los gestos y la ternura tan excepcional que aquel cura irradiaba no podían sino remitir a Cristo; al amor de Cristo; al amor concreto de Cristo por cada uno de nosotros. Y al amor que yo buscaba como un abrazo tierno a mi ruinosa vida. Aquello que buscaba en la música, en la pintura, en la lectura; aquello que buscas con ansia era ese Hombre.

Esto que describo es lo que yo denomino conversión: el encuentro con alguien que te remite a tu origen y la razón por la que estás en el mundo; que te remite a aquello para lo que estás hecho. Pero esto que se descubre, no elimina nada de la humanidad concreta y sufriente. Más bien, esa humanidad va comprendiendo poco a poco cuánto necesita de Él para vivir; simplemente para respirar; para no querer consumirte en una vida sin alegría.

Todo esto lo he comprendido después, cuando unos años más tarde, explosionó la enfermedad; apareció el trastorno que se asomaba cada día, y que yo no sabía poner nombre. Pensaba que a todo el mundo le sucedía lo mismo y lo gestionaba lo mejor posible…
Omito algunas circunstancias para resumir y no detallar mucho. El caso es que (aún no sé por qué: tomaba decisiones algo irracionales, fruto de una imagen que me hacía de la vida) terminé de timonel en un petrolero. Pasaban los meses y yo percibía claramente que mi cabeza no iba bien, y que mi corazón se estaba rompiendo. Una pena y un deseo de morirme conquistaron todos mis pensamientos desde la mañana a la noche. Se desató una angustia imposible de explicar. Si alguien me llamaba al móvil cuando el barco llegaba a tierra, yo me quedaba callado, incapaz de hablar, como si esa pena y esa angustia paralizaran la lengua para no pedir ayuda. Y solo pensaba y respiraba un deseo de fin, de acabar, de no respirar, de que el corazón -que tanto dolía- dejara de bombear…que la vida se acabara…se rompiera del todo.

Meses después solo recuerdo un taxi que me dejó en Urgencias del Hospital Negrín de Gran Canaria; todo aparece nublado porque estaba muy sedado con los tranquilizantes. No recuerdo el papeleo para mi traslado a Madrid, ni recuerdo las horas previas al embarque en el avión.

A partir de aquí empieza un infierno de baja médica de cinco años: (me diagnostican un trastorno límite de la personalidad- borderline, lo llaman- con depresión aguda) psiquiatras, insomnio, fatiga insoportable, descontrol, desorden absoluto, terror al día siguiente, a la noche siguiente; a meterme en la cama y que ésta me engullera; a las pesadillas que se repetían en las que yo iba por un camino junto a mucha gente a la que quería seguir y no podía, porque tenía una pierna atada al pecho que me impedía andar…y me quedaba solo, atrás, sin poder seguir, hasta morir allí tendido…

Terror al teléfono; terror al buzón de correos y las cartas que tuviera que recoger. Terror a hablar con las personas. Terror a tener que buscar un trabajo. Y terror a mi mismo, que no sabía controlar mis impulsos. Empecé a juntar la medicación con un poco de ron: esto aseguraba una anestesia total para esa herida que tenia en el pecho como una puñalada que atravesaba la espalda hasta el corazón. Y esa «anestesia» me propinó algún susto que otro, y algún lavado de estómago en Urgencias, pues en ese estado de descontrol, perdía la cuenta de las pastillas tomadas… Eso sucedió que yo recuerde, al menos cuatro veces, en intentos desesperados por apagar ese dolor insoportable. Por descansar en los brazos de Dios al que yo le preguntaba: ¿Por qué sufro tanto? Jesús ¿Por qué no me llevas contigo?

Ingresaba muy a menudo en psiquiatría del Gómez Ulla y allí estaba un mes o dos, recuperándome, volviendo a comer, a asearme, a llevar un horario…pero volvía a las andadas, y al hospital: a una dejadez enfermiza, a las obsesiones terroríficas: con las palabras que se repetían en mi cabeza como insultos u objetos a los que yo intentaba nombrar y recortar con la vista mil veces, hasta el mareo y la hiperventilación… En las calles la gente mostraba un rostro desencajado, como muertos y yo caminaba siempre pegado a las paredes, con un extraño vértigo, temeroso de que el suelo se deshiciera…en fin , una locura…
Luego había veces que el descontrol era tal que no me medicaba y, entonces la cabeza empezaba a sufrir unos pinchazos insoportables…

¿Y en qué consiste esa pena? En un sentimiento de muerte en vida; en estar muerto afectivamente; como un girasol podrido y ensimismado en la tierra, sin girarse ya hacia su sol; en no sentir otra cosa, sino dolor y asco. Como llevar permanentemente el peso de tu «yo» muerto en la espalda. El peso de un «yo» que no soportas, y al que cada vez odias más. En no querer a nadie de los que se supone que antes querías y tampoco deseas que te amen. En huir de toda compañía… cuando no sabes si has sido tú el que abandona o has sido abandonado previamente.

Hablando de Jesús, ¿Dónde estaba Jesús? ¿Qué había sido de la fe que había encontrado? Misteriosamente, nunca me abandonó. De alguna manera era consciente de que Él estaba ahí, acompañándome silencioso, callado. Muchas veces era evidente que Él estaba en un rincón de la habitación y yo le hablaba y le preguntaba qué sentido tenía todo esto; a quién le ayudaba que yo estuviera pasando por todo aquello. Muchas veces era tan real su presencia que no cabíamos los dos en la casa; como dos osos en una cueva, así que me iba. Nunca había tenido una certeza tal de su presencia como en aquellos momentos. No abandoné los sacramentos, no abandoné la oración en el sentido más real, que es de reconocer de una manera muy instintiva y espontánea, natural, que Él me escuchaba y que estaba siempre a mi lado, hiciera lo que hiciera, como se tiene conciencia de una persona que está a tu lado, con su fisonomía, su respiración y su tristeza por mi vida.

He de retroceder para contar algo muy importante en el camino que se fue abriendo. Cuando volví del barco, misteriosamente en aquel estado, nos enamoramos mi mujer y yo; quiso empezar un noviazgo en mi estado. Noviazgo que tuvo que dejar a los dos años porque era insoportable salir conmigo. Y dejamos de vernos.

El último año y medio de la enfermedad fue un infierno. Me subieron la medicación porque no dejaba de ingresar en psiquiatría; con unos bajones más acusados, engordé 40 kilos; dejé de salir por las noches y me quedaba en casa sentado en un sillón viendo la televisón; acosado por mil terrores y tantas imágenes de proyectos que, al día siguiente se esfumaban de la mente y de las fuerzas. Dejé de ver a todo el mundo. Me encerré en mi casa y solo salía de noche a escuchar cante Flamenco (lo único que me tranquilizaba un poco) y al hospital de día en el Clínico, donde iba a terapias varias. Una muerte en vida.
En ese contexto, una noche de finales de febrero, recibí un sms en el que se me decía que un sacerdote muy querido por nosotros ( Luigi Giussani) había muerto. Serían las 23h. En ese momento yo comencé a pedirle a ese sacerdote muerto que me curara; que me quitara esta pena; este peso insoportable. «Cúrame, cúrame» le suplicaba como nunca he suplicado; con una certeza de ser escuchado y de ser abrazado por Jesús y la Virgen, que nunca había tenido.
No vi nada. Pero en mi corazón se abrió, por decirlo de alguna manera, una puerta a la eternidad como un lugar real, un lugar que estaba delante de mi, escuchando mi aullido. Soy absolutamente consciente de que rezaba a aquel sacerdote que había muerte el día anterior. Y soy plenamente consciente de rezar a la Virgen: «Curadme, por favor. Curadme… No puedo seguir viviendo así…» Era una plegaria plenamente escuchada, sin mancha de duda, no como tantas veces pedimos, sin saber si será la voluntad de Jesús. Como tantas veces pedimos tonterías que Dios luego transforma en presencia suya en nosotros.
Fue una plegaria, una súplica, que a veces me pregunto si no fue más bien de Jesús en mi. No sé cómo explicarlo. Porque nunca había tenido una experiencia tan evidente y «carnal» del misterio infinito en el instante. Como la eternidad que se posó sobre la tierra de mi humanidad, sobre el dolor insoportable del pecho. Y me calmó. Y me debí dormir.

Al día siguiente me desperté extrañamente ligero, con ganas de desayunar bien, no ese picoteo enfermizo que no alimenta, pero quita el hambre al que estaba acostumbrado…Y así pasé varios días, cada vez más pacificado, pero esperando que me diera un nuevo bajón, como había sucedido siempre; pensando que había sido una alucinación más, una «flipada» mía más. El caso es que pasaban los días, me encontraba cada vez mejor, dejé de tomar la medicación cuando se acabó (yo no se lo conté a nadie hasta pasado un tiempo: ¿quién me iba a creer con mi historial?)
Fui al psiquiatra y acabé contándole lo que había sucedido; recuerdo perfectamente su cara de perplejidad, pero también recuerdo que no podía negar mi evidente mejoría. No he vuelto a un psiquiatra. No he vuelto a ser internado. No he vuelto a los bajones. No he vuelto a las andadas.

Es sintomática la cara del portero de mi casa cuando vuelvo alguna vez; porque él me vio tantas veces salir de casa como un zombie. Incluso me pedía que no saliera yo a por tabaco, que iba él por mí…En fin, era evidente que algo había sucedido.

Voy resumiendo aunque me dejo cosas muy jugosas…como la compañía de dos personas en concreto que me dieron tareas para ir ordenando el día, y que ahora son como madres para mí. (ya lo detallaré)

Me reencontré con mi ex-novia unos meses después de aquello en un intercambiador de autobuses; ella sabe que es cierto todo esto porque puede comparar el antes y el después, como puede comparar todo el que se relacionaba conmigo que, efectivamente, me había curado misteriosamente.

Nos hemos casado y tenemos dos hijas. De aquél episodio de lo eterno envolviendo mi mal, han pasado más de 13 años. Aquella noche, ese sacerdote «muerto» se llevó con él todos los trastornos, pero sobre todo aquella pena que me cegaba y me paralizaba.

Aquella noche, Jesús metió la mano en el infierno y me sacó a mi. No puedo explicarlo de otra manera. Y cada mañana me acuerdo de quien me anunció con ternura la fe, y me hizo conocer a Cristo presente; el hombre por el que suspiro cada instante con una nostalgia infinita que lo llena todo: el rostro de las personas que amo, los libros que leo, la música que escucho…las personas que encuentro; todo está velado por la nostalgia de verle a Él; de volver a reconocerle como aquella noche. Y de abrazar a todo aquel con el que me encuentro, aunque desgraciadamente no lo hago.

Cristo se ha vuelto alguien concreto. El deseo concreto de mi corazón; la persona que puede hacer que la vida sea grande. Hay mucha confusión en torno a la vida cristiana. Esta se concibe como un peso legalista. Sin embargo, es todo lo contrario. El cristianismo es Dios que nos busca, Dios como un mendigo que nos busca pidiendo un poco de afecto: Un Dios mendigo y crucificado al que nadie mira. Pero cuando te dejas mirar por Él, y digo te dejas porque siempre tenemos la tentación de ser nosotros los que controlamos la relación con todo, también con Jesús, entonces descubres realmente quien es Él.

A menudo pienso en Él como el buen pastor de nuestras imágenes rotas de la vida; Él las apacienta, las cuida, las revive y las cambia. Esas imágenes de muerte, de cansancio, de aburrimiento que destrozan nuestro afecto. Nos libera de nuestras imágenes reducidas de nosotros mismos y de los demás; nos libera del modo superficial con el que nos etiquetamos. Por eso Jesús es el libertador: La libertad.

Hace poco, después de rezar con mi hija mayor (8 años), ella me dijo: papá, quiero ver a Jesús. Necesito verle. Y yo me turbé, me conmoví ante su corazón porque se desvelaba en ella todo el drama de la historia del hombre; todos los desastres y todas las bellezas del camino humano en su ansia por ver a Dios. Tuve la tentación de soltarle una respuesta fácil. pero a un hijo no puedes hacerle eso…y le respondí: Yo también; me muero de ganas de verle, aunque esté todo Él en todos: me muero de ganas de verLe. Y nos dimos un abrazo.

No recuerdo a quién le he leído o escuchado que el santo no se preocupa de evangelizar porque ya lo hace con toda su persona: en su voz, en sus gestos, en su mirada y hasta en sus andares hay un reflejo de la ternura de Jesús para cada persona que se encuentra con ese rostro. Y justamente, esa es nuestra misma experiencia. Yo he conocido al menos a dos. Por eso no puedo (ni quiero) quejarme de nada de la Iglesia; solo puedo dar gracias a Jesús por haberla hecho existir, por salir en mi busca, yo que también estaba en la periferia de la enfermedad, y dejarme estar en ella (en la que he encontrado a mi mujer y han nacido mis hijas) hasta que, por fin, Dios me llame a su lado. Y le vea.

 

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