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Un iluminador discurso ante la crisis actual de la Iglesia

Un iluminador discurso ante la crisis actual de la Iglesia
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(ACI) El Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario Personal del Papa Emérito Benedicto XVI, Mons. Georg Gänswein, pronunció este martes 11 de septiembre en Roma un iluminador discurso ante la crisis actual de la Iglesia, durante la presentación del libro “The Benedict Option” (La Opción Benedictina) escrito por Rod Dreher.

En su discurso titulado “El 9-11 de la Iglesia Católica”, el Arzobispo alemán lamentó la existencia de un “eclipse de Dios”, pero precisó que esto “no significa que Dios ya no exista, sino que muchos ya no lo reconocen, porque las sombras se han interpuesto ante el Señor. Hoy las sombras de los pecados de las transgresiones y los crímenes dentro de la Iglesia han oscurecido para muchos su brillante presencia”.

El Secretario Personal de Benedicto XVI resaltó asimismo que “si la Iglesia no sabe cómo renovarse nuevamente en este tiempo con la ayuda de Dios, entonces todo el proyecto de la civilización está en peligro una vez más”.

Sin embargo, precisó, la Iglesia está viva; y “ni siquiera el satánico 11S de la Iglesia Católica Universal puede debilitar o destruir esta verdad, el origen de su fundación por el Señor Resucitado y Vencedor”.

A continuación el discurso completo de Mons. Georg Gänswein:

El 9-11 de la Iglesia Católica

Muchas gracias por la invitación a esta querida casa, que he aceptado gratamente, para presentar este libro del autor estadounidense Rod Dreher, del que ya he escuchado mucho.

El gran monje de Nursia, que le da a este libro su título programático, ha hecho que sea muy apelante para mí venir hoy aquí. También me ha tocado y conmovido la fecha en la que nos encontramos con este osado autor aquí en Roma. Hoy es 11 de septiembre, una fecha que en Estados Unidos –desde el otoño de 2001– se recuerda simplemente como 9-11, en referencia al desastre apocalíptico en el que miembros de la organización terrorista Al Qaeda atacaron Nueva York y Washington, usando aviones totalmente llenos de pasajeros como misiles, mientras todo el mundo observaba.

Mientras más tiempo paso leyendo el libro de Rod Dreher en medio del huracán de noticias de las últimas semanas, más llego a entender nuestro encuentro de esta noche como un acto totalmente de la Providencia. La publicación del Gran Jurado de Pensilvania de algo que ahora la Iglesia también está llamada a observar horrorizada, constituye su propio 9-11, dado que esta catástrofe desafortunadamente no solo ha ocurrido en un día, sino durante muchos días y años, afectando a incontables víctimas.

Por favor no se equivoquen al referirse a mis declaraciones. No estoy comparando las víctimas ni los números de los casos de abusos en la Iglesia Católica con las 2.996 personas que perdieron la vida en los ataques terroristas en el World Trade Center y en el Pentágono el 9 de septiembre de 2001.

Nadie (hasta ahora) ha atacado a la Iglesia de Cristo con un avión de pasajeros. San Pedro está aún de pie, así como también lo están las catedrales de Francia, Alemania o Italia, que también son hitos de muchas ciudades en el mundo occidental, desde Florencia hasta Chartres, desde Colonia hasta Múnich.

Y sin embargo, las recientes noticias de Estados Unidos, donde tantas almas han sido permanente y mortalmente dañadas por sacerdotes de la Iglesia Católica, es peor que cualquier noticia sobre la repentina caída, por ejemplo, de iglesias colapsando en Pensilvania, junto con la Basílica Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C.

Y también recuerdo, como si fuera ayer, que acompañé al Papa Benedicto XVI el 16 de abril de 2008 a esa Basílica Nacional de la Iglesia Católica en los Estados Unidos, donde él tan conmovedoramente trató de despertar a los obispos de ese país, describiéndoles la “profunda vergüenza” causada por los “abusos sexuales de sacerdotes contra menores” y “el enorme dolor que sus congregaciones han sufrido como clérigos al haber traicionado sus deberes y responsabilidades sacerdotales con una conducta tan gravemente inmoral”.

Probablemente fue en vano, como vemos ahora. El lamento del Santo Padre no pudo detener el mal y tampoco la hipocresía de una amplia parte de la jerarquía.

Y ahora Rod Dreher está aquí, entre nosotros. Él comienza su libro con estas palabras: “Nadie vio venir la gran inundación”. En los agradecimientos, él dedica su libro, en cierta forma, al Papa Benedicto XVI y me parece que en algunos pasajes escribe a modo de calmado diálogo con el silente Papa Emérito, refiriéndose a su capacidad analítica y profética, como cuando escribe: “En 2012, el entonces Pontífice dijo que la crisis espiritual que estaba apoderándose de Occidente era la más grave desde la caída del Imperio Romano alrededor del siglo V. La luz de la Cristiandad está parpadeando en todo Occidente”.

Por ello me gustaría complementar, si puedo, la presentación de “La Opción Benedictina” de Rod Dreher con algunas memorables palabras de Benedicto XVI durante su pontificado, palabras que recordé cuando leí el libro, por ejemplo las del 11 de mayo de 2010, cuando le confió lo siguiente a los periodistas que lo acompañaban en el vuelo a Fátima:

El Señor nos ha dicho que la Iglesia tendría que sufrir siempre, de diversos modos, hasta el fin del mundo. (…) La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no solo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia”.

Para ese momento, él ya había cumplido cinco años como Papa, pero cinco años antes, el 25 de marzo de 2005, el Cardenal Ratzinger ya había pronunciado palabras semejantes en la 9° estación del Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo Romano, ante un moribundo Juan Pablo II:

“Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos solo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos”.

Hemos aprendido ya, de San Juan Pablo II, que en nuestra hora histórica la verdad y el ecumenismo perfecto fue el ecumenismo de los mártires, permitiéndonos llamar, en nuestra necesidad, a Santa Edith Stein junto a Dietrich Bonhoeffer como intercesores en el cielo. Sin embargo y como sabemos, también hay un ecumenismo de necesidad y secularización, y un ecumenismo del no creer y del alejamiento común de Dios y la Iglesia en todas las denominaciones. Y un ecumenismo del eclipse de Dios en general.

Ahora solo somos testigos del momento decisivo de un cambio de época que Dreher ya había profetizado hace años en Estados Unidos. ¡Él vio venir la gran inundación!

Él también se da cuenta de que el eclipse de Dios no significa que Dios ya no exista. En vez de ello, significa que muchos ya no reconocen a Dios porque las sombras se han colocado ante el Señor. Hoy son las sombras de los pecados, las transgresiones y los crímenes de adentro de la Iglesia las que oscurecen para muchos Su brillante presencia.

En el proceso de este oscurecimiento, el fenómeno que en alemán se llama la Volkskirche –una “Iglesia popular” a la que todos pertenecen, en la que aún nacíamos pero que nunca existió en Estados Unidos como sí existió en Europa– hace tiempo que ha muerto. ¿Eso les suena dramático?

El número de personas que le da la espalda a la Iglesia sí que es dramático. Incluso más dramática, sin embargo, es una estadística. Según las encuestas más recientes, de los católicos que aún no han dejado la Iglesia en Alemania, solo el 9.8% aún se reúne los domingos en los lugares de culto para celebrar juntos la Santa Eucaristía.

Esto me recuerda el primer viaje del Papa Benedicto luego de su elección. El 29 de mayo de 2005, en los bancos del Mar Adriático, el Papa recordó a la audiencia, mayoritariamente joven, que el domingo es “la celebración semanal de la Pascua” porque expresa la identidad de la comunidad cristiana y es el centro de su vida y misión. Sin embargo, el tema del Congreso Eucarístico “No podemos vivir sin domingo” nos hace regresar hasta el año 304 cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, la tenencia de las Sagradas Escrituras, reunirse los domingos para celebrar la Eucaristía y construir edificaciones para sus reuniones”.

En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: “Sine dominico non possumus”; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado“.

En otras palabras, que nosotros, como hijos de la llamada “Iglesia popular”, sepamos que existe la “obligación del domingo” es, de hecho, la característica preciosa y única de los cristianos. Y eso es mucho más antiguo que cualquier Volkskirche. Por lo tanto, es realmente una crisis escatológica esta en la que la Iglesia Católica ha estado durante mucho tiempo, así como mi madre y mi padre creían que podían percibir en su tiempo –con “horrores de devastación en lugares sagrados”– algo que tal vez toda generación en la historia de la Iglesia reconoció a la distancia desde su propio horizonte.

Algunas veces durante la lectura del libro también me sentí transportado a los días de mi niñez: allá en la herrería de mi padre en la Selva Negra, donde su martillo golpeaba el yunque sin cesar, pero que no funcionaba sin mi padre, en cuyas manos seguras confié como confío ahora en las manos de Dios.

Obviamente no estoy solo en esto. En mayo, el Arzobispo de Utrecht en Holanda, el Cardenal Willem Jacobus Eijk, resaltó que la crisis actual le recordaba la “prueba final” de la Iglesia, como la describe el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 675, por la que la Iglesia debe pasar antes del advenimiento de Cristo, como una prueba que “sacudirá la fe de numerosos creyentes”. El Catecismo prosigue: “La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra develará el ‘misterio de iniquidad’”.

Como un exorcista, Rod Dreher también tiene familiaridad con este “mysterium iniquitatis“, como lo ha demostrado con sus reportes en los últimos meses, en los que también ha sabido dar luces, tal vez como ningún otro periodista, sobre la escandalosa historia del ex arzobispo de Newark y Washington.

Aunque él no es periodista de investigación ni alguien fantasioso, sí que es un analista sobrio que ha ido siguiendo desde hace ya buen tiempo el estado de la Iglesia y del mundo con avidez y de modo crítico, conservando sin embargo una visión buena y casi infantil de las cosas.

Por esa razón Dreher no presenta una novela apocalíptica como la famosa “Señor del Mundo”, con la que el sacerdote británico Robert Hugh Benson sacudió al mundo anglosajón en 1906. En vez de eso, el libro de Dreher parece más una guía práctica para construir un arca, porque él sabe que no existe una presa capaz de detener la gran inundación que ha estado inundando al antiguo Occidente cristiano desde mucho antes que ayer y al que Estados Unidos pertenece.

Esta también es una gran diferencia entre Dreher y Benson. Como típico estadounidense, Dreher es más práctico que el excéntrico británico de Cambridge en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial. En segundo lugar Dreher, como habitante de Louisiana, tiene experiencia con huracanes. Y en tercer lugar, no es clérigo sino un laico que no habla en representación de otros, sino desde su propio celo por el Reino de Dios que Jesucristo proclamó para nosotros.

En ese sentido, es un hombre que está enteramente tras el favor y gusto del Papa Francisco, quien sabe como nadie más en Roma que la crisis de la Iglesia es en esencia una crisis del clero; y que ahora ha llegado la hora del laicado soberano, especialmente en los medios católicos nuevos e independientes, casi personificados por Rod Dreher.

La facilidad que tiene para mostrar la realidad, probablemente tiene que ver con las nobles tradiciones narrativas del sur de los Estados Unidos, cuyo reconocimiento global fue alentado alguna vez por Mark Twain. Y cuando dije antes que me vi una y otra vez de niño en la fragua de mi padre mientras usaba su martillo en el yunque, tengo que confesar que la fácil lectura de este pesado libro me llevó una y otra vez al mundo de aventuras de mi niñez, cuando soñaba despierto con Tom Sayer y Huckleberry Finn.

Por otro lado, Rod Dreher no es un hombre de sueños sino de hechos y análisis condensados en oraciones como esta: “El hombre psicológico ganó decididamente y ahora es dueño de la cultura –incluyendo varias iglesias– así como los ostrogodos, visigodos, vándalos y otros pueblos conquistadores fueron dueños de los restos del Imperio Romano de Occidente.

O esta: “Nuestros científicos, jueces, príncipes, académicos y nuestros escribas trabajan demoliendo la fe, la familia, el género, incluso lo que significa ser humano. Nuestros bárbaros han cambiado las pieles de animales y las lanzas del pasado por trajes de diseñador y teléfonos inteligentes”.

El capítulo 3 de su libro comienza con estas palabras: “No puedes volver al pasado, pero puedes ir a Nursia”. Poco después prosigue –proféticamente sobre el tema, pero de ningún modo regodeándose– de la siguiente manera: “La leyenda cuenta que en una discusión con un cardenal, Napoleón señaló que él tenía el poder de destruir la Iglesia. ‘Su majestad’, replicó el cardenal, ‘nosotros, el clero, hemos hecho lo mejor que hemos podido para destruir la Iglesia en los últimos 1800 años. No lo hemos logrado y tampoco lo logrará usted”.

Cuatro años después de sacar a los benedictinos de su hogar durante casi un milenio, el imperio de Napoleón estaba en ruinas, y él estaba en el exilio. Hoy el sonido de los cantos gregorianos puede ser escuchado nuevamente en el hogar del santo…”.

En la misma Nursia, sin embargo, recientemente se escuchó el sonido de las profundidades con el gran terremoto que sacudió a la ciudad en agosto de 2016 y que arruinó la Basílica de San Benito en unos pocos segundos. Casi al mismo tiempo, las lluvias también inundaron la ciudad de Rod Dreher en Mississippi. Estas dos dramáticas escenas clave ahora se pueden apreciar al principio y al final de su libro, a modo de ilustración de una tesis que Dreher formula en el primer capítulo: “La realidad de nuestra situación ciertamente es alarmante, pero no tenemos el lujo de la histeria fatal. Hay una bendición escondida en esta crisis, si es que queremos abrir nuestros ojos a ella… La tormenta que se avecina puede ser el medio a través de la cual Dios nos la envía”.

En días recientes la palabra terremoto ha sido usada con frecuencia para describir el colapso dentro de la Iglesia, con la que ahora digo que la Iglesia Católica también ha experimentado su “9-11”.

Rod Dreher describe, en unas pocas palabras que debo leerles por su elocuencia, la respuesta de los monjes de Nursia a la catástrofe que destruyó su abadía en el lugar de nacimiento de San Benito.

Los monjes benedictinos de Nursia se han convertido en un signo para el mundo de formas en las que yo no anticipaba cuando comencé a escribir este libro. En agosto de 2016, un terremoto devastador sacudió su región. Cuando el sismo ocurrió en medio de la noche, los monjes estaban despiertos rezando maitines y por seguridad salieron del monasterio hacia la plaza abierta. El Padre Casiano luego reflexionaba sobre el terremoto y decía que simbolizaba la caída de la cultura cristiana occidental. Pero hubo un segundo símbolo de esperanza esa noche. ‘El segundo símbolo es la reunión de la gente alrededor de la estatua de San Benito en la plaza para rezar’, escribió a quienes lo apoyaban. Esa es la única forma de reconstruir”.

Tras el testimonio del Padre Casiano, me gustaría decirles que Benedicto XVI, desde su renuncia, se entiende como un viejo monje que, luego del 28 de febrero de 2013, está comprometido más que nada con la oración por la Madre Iglesia y su sucesor, el Papa Francisco, así como por el ministerio petrino fundado por Cristo mismo.

Desde el monasterio Mater Ecclesiae detrás de la Basílica de San Pedro, el viejo monje señalaría, considerando el trabajo de Dreher, un discurso que dio cuando era Papa el 12 de septiembre de 2008 en el Collège des Bernardins en París, ante la élite cultural de Francia. Eso fue exactamente hace diez años y me gustaría proponerles algunos extractos en este discurso.

En la gran convulsión del periodo de migraciones conocido en alemán como Völkerwanderung y ante la emergencia de las nuevas estructuras del estado, los monasterios fueron los lugares donde los tesoros de la antigua cultura sobrevivieron y, al mismo tiempo, donde la nueva cultura se fue formando lentamente, dijo Benedicto XVI entonces y preguntó:

¿Cómo sucedía esto? ¿Qué les movía a aquellas personas a reunirse en lugares así? ¿Qué intenciones tenían? ¿Cómo vivieron?

Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es solo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo (…).

Quaerere Deum –buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura”.

Estas fueron las palabras del Papa Benedicto XVI el 12 de septiembre de 2008 sobre la verdadera “opción” de San Benito de Nursia. Luego de eso, todo lo que me queda por decir sobre el libro de Dreher es esto: No contiene una respuesta acabada. No hay panacea, no hay una llave para todas las puertas que han estado abiertas por tanto tiempo y que ahora están cerradas otra vez.

Sin embargo, en medio de esto hay un auténtico ejemplo de lo que el Papa Benedicto dijo hace diez años sobre el espíritu benedictino del comienzo. Es un verdadero “Quaerere Deum“. Es esa búsqueda por el verdadero Dios de Isaac y Jacob, que mostró su rostro humano en Jesús de Nazaret.

Por esta razón, una oración del capítulo 4,21 de la Regla de San Benito viene a mi mente, que también aparece y anima todo el libro de Dreher como Cantus Firmus. Me refiero a la legendaria “Nihil amori Christi praeponere“, que quiere decir que el amor de Dios debe estar antes que cualquier otra cosa. Esa es la clave para todo el milagro del monacato occidental.

Benito de Nursia fue un faro durante la migración de los pueblos cuando salvó a la Iglesia de la confusión de su tiempo y, por ello, en un cierto sentido, logró refundar la civilización europea.

Pero ahora, no solo en Europa, sino en todo el mundo, estamos experimentando por décadas una migración de pueblos que ya no llegará a un final, como el Papa Francisco claramente ha reconocido y sobre lo que habla urgentemente a nuestras consciencias. Por ello no todo es distinto en este tiempo, comparado a como era entonces.

Si la Iglesia no sabe cómo renovarse a sí misma nuevamente en este tiempo con la ayuda de Dios, entonces todo el proyecto de nuestra civilización está en peligro nuevamente. Para muchos, pareciera como si la Iglesia de Jesucristo nunca podrá recuperarse de la catástrofe de su pecado ya que parece ser casi devorada por él.

Y esta es precisamente la hora en la que Rod Dreher desde Baton-Rouge en Louisiana presenta su libro hoy junto a las tumbas de los apóstoles. Y durante el eclipse de Dios, que nos asusta en todo el mundo, él da un paso adelante y nos dice: “La Iglesia no está muerta, solo duerme y espera”.

Y no solo eso. La Iglesia es “joven”, parece decirnos, y él señala que lo es alegre y libremente, como dijo Benedicto XVI cuando asumió el ministerio petrino el 24 de abril de 2005, cuando recordó el sufrimiento y la muerte de San Juan Pablo II, de quien colaborador durante tantos años. Así lo recordó en la Plaza de San Pedro:

“Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección”.

Ni siquiera el satánico “9-11” de la Iglesia Católica Universal puede debilitar o destruir esta verdad, el origen de su fundación a manos del Señor Resucitado y Vencedor.

Por lo tanto, debo confesar honestamente que percibo este tiempo de gran crisis, que hoy ya no está escondido para nadie, por encima de todo como un tiempo de gracia porque, al final, no será ningún esfuerzo en particular el que nos libere, sino solo “la Verdad”, como el Señor nos ha asegurado.

Es con esta esperanza que miro los recientes reportes de Rod Dreher sobre la “purificación de la memoria” que Juan Pablo II nos confió y así también leo gratamente su “Opción Benedictina” como una maravillosa inspiración en muchos aspectos.

En las semanas recientes, pocas cosas me han dado tanto consuelo.

Gracias por su atención.

Traducido por Walter Sánchez Silva. Publicado originalmente en CNA Deutsch

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