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Carta desde el Desierto: Padre Christopher Harley

Carta desde el Desierto: Padre Christopher Harley
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-Cuando hasta los camellos se mueren de sed-

Cuaresma, 2017

Queridos amigos de la misión.


Es dramático ver a las gentes llegar al hospitalucho de Gode, por cualquier medio de
transporte, incluido carretas tiradas por burros, con pacientes escuálidos y moribundos.
En estos momentos Gode está siendo arrasado por una espantosa epidemia de cólera.
Las gentes llegan en el último aliento y a veces mueren a los poco minutos en manos de
médicos impotentes ante la magnitud de la tragedia.

Es tan triste y desolador ver los sembrados devastados por la sequía. Aquí ya no crece
nada, ni el maíz, ni la soja, ni ningún tipo de cereales, todo se lo lleva el viento en nubes
gigantes de polvareda, que todo lo ensucia y viste de gris.

Cada mañana cuando salgo de casa, antes del amanecer, para celebrar la santa
Eucaristía, veo como aumenta el ganado muerto a la orilla del camino, vacas, cabras,
ovejas… El hedor es espantoso y el espectáculo tristísimo.
Ahora mismo en Gode solo se respira muerte y desolación.

Desde hace un par de meses tenemos un médico joven inglés colaborando con nosotros,
que pasa mañana y tarde en el hospital público. Gracias a él estamos recibiendo
información de primerísima mano de la magnitud del drama que están viviendo estas
gentes.

Así, el jueves pasado, 2 de marzo, nos alertó que estaba llegando un número inusual de
pacientes agonizando (de hecho, los seis primeros en llegar murieron en el hospital de
Gode esa misma tarde), traídos de la zona del Afder, cuya capital es Hargele.

Pronto supimos que el problema radicaba en que, por la desesperación de llevar agua en
camiones a los poblados más lejanos, algunas ONGs había cogido agua de una presa
cercana a la ciudad de Hargele, que estaba completamente contaminada y podrida.
La ONG, en concreto, era la Islamic Relief Service.

Esa misma noche cargué el vehículo todoterreno de la misión con todas las medicinas
que teníamos en ese momento a nuestra disposición y a las 5 am el viernes pasado me
fui a Hargele. Son 230 kilómetros de terrible carretera. Antes de las 10 de la mañana ya
estaba en el hospital de la ciudad. Me reuní con el director médico e hice entrega de las
medicinas. Fue tristísimo oír este hombre, Abdisalem Mohamed, contar la tragedia de
todos esos cientos de personas que llegaban a diario infectados de tifus en grado
terminal.

Entrega de medicinas al director del hospital, gracias a vuestros donativos;

en la bolsa roja, abajo a la derecha, van medicinas donadas por vosotros en

España traídas en mi maleta ¡Dios os lo pague!

Nos acompañó a visitar a algunos de los pacientes. Sobre todo, ver a los niños fue
conmovedor. La angustia de los padres que ya habían visto morir a otros de sus hijos
por la maldita agua contaminada de la ONG. El director nos rogó, casi de rodillas, que
tratáramos de mandar más medicinas y alimentos para los pacientes.
En estos días en que toda la Iglesia, como esposa fiel de Jesucristo, acompaña su vía
crucis por las incontables vías dolorosas de este mundo, no es difícil reconocer el rostro
de la pasión de Cristo en los pequeños cuerpos macerados de estos chiquillos.

Raxxo, la niña de la izquiera y Abdi el niño de la derecha, gravemente afectados por el tifus.
A media mañana decidí que era imperativo buscar los poblados de donde llegaba la
gente enferma para, de verdad, entender el problema. Lo que nadie me había aclarado es
que no había en realidad camino para llegar a esos asentamientos; así que con el 4X4

puesto y apretando los dientes, recorrimos esos 40 interminables e inolvidables
kilómetros.Llegamos todos cubiertos de polvo de pies a cabeza y abrasados de calor.

La gente enseguida se arremolinó a nuestro alrededor, para contarnos su tragedia.

Fuimos al pozo contaminado y vimos el agua pútrida, causante de tanta muerte y desolación.

Esta es la nueva alberca donde reciben el agua no contaminada.

Parece una triste ironía llamar a esto agua limpia;
mirad sino a la mujer abajo a la izquierda que con un cacito y un plato recoge agua de entre el fango,

donde orinan cabras y ovejas…

Los hombres del poblado contándonos detalles de la tragedia y pidiendo ayuda urgente:

agua potable, comida y medicinas.

Les prometí ayudarles en lo que estuviera al alcance de la Iglesia

Por el camino vimos muchos animales que habían muerto de sed e inanición. La gente
nos decía: “Abba (padre) cuando aquí hasta los camellos se mueren de sed es que a
nosotros no nos queda mucho de vida”.

Vaca muerta en estado de putrefacción, bajo el implacable sol. Caldo de cultivo para enfermedades como el ántrax.

Pedí que me llevaran a ver a los enfermos que estaban demasiado graves para ser
trasladados al hospital de Hargele. Me enseñaron una cabaña en la que yacían en el
suelo varios enfermos.
Había dos muchachos muy jóvenes con una bata blanca raída de enfermeros. Les
pregunté por los síntomas: “¿tienen fiebre?” inquirí; uno agachó la cabeza,
avergonzado y me respondió: “no sabemos porque no tenemos termómetro”.

Esta mujer estaba demasiado débil para ser trasladada al hospital.

Saliendo de la cabaña que hacía las funciones de “centro médico”.

Les regalé las pocas medicinas que aún nos quedaban y algo de agua potable. Teníamos
que regresar a Gode, ya que nos quedaban más de cinco horas de carretera. Uno se
siente tan impotente, tan turbado por dentro, cuando ves estas escenas… Te preguntas
simplemente “¿Por qué?” ¿Por qué estas gentes, por qué millones de gentes viven así?
¿Por qué mientras esta mujer no tiene ni un termómetro, otras mujeres se gastan una
fortuna en una absurda cirugía estética?
Vivimos en un mundo de locos. Definitivamente.

Al desandar el sendero de los poblados hacia Hargele, de la nada, de detrás de los
arbustos, venían corriendo tras de nuestro vehículo, niños que nos gritaban con la
desesperación escrita en el rostro: “biyo, biyo, biyo (agua en somalí).”

Repartimos más de quince botellas de agua como esta, por la ventanilla del vehículo, a niños pastores.

Todavía nos quedaban cinco horas de carretera de vuelta a Gode. Pensaba en tanta agua
como había visto en mi vida: ríos, piscinas (la de mi casa, por ejemplo…), estanques,
fuentes preciosas de tantas ciudades, lagos… Tanta agua como había visto… agua que
jamás se beberá nadie, agua para la diversión, ¡hasta parques acuáticos! Agua para el
adorno estético de una plaza… Y ver niños y niñas desesperados, correr tras de mi
coche mendigando una botella de agua… Me parecía todo tan grotesco y absurdo…

¡¡En qué mundo vivimos!!
Y por doquier, animales muertos, en estado de putrefacción, bajo un inmisericorde sol
de más de 45 oC. Campo abonado para la difusión del ántrax y tantas otras
enfermedades contagiosas, peligrosísimas para la sobrevivencia de estas pobres gentes.

Ante un espectáculo como este, uno no sabe, ni qué pensar, ni que decir, ni que hacer…

La cabeza me daba vueltas, mientras pensaba en soluciones, en la ayuda que se les
podría llevar.
Las medicinas que más nos hacen falta son: Ceftriaxone IV, gentamicin IV, ringer
lactate, DNS, Normal saline, glucose 40%, oral amoxicillin, ciprofloxacin, levofloxacin,
norfloxacin, co-trimoxazole, ibuprofen syrup, paracetamol syrup, amoxicillin syrup.
Si tuviéramos los recursos, se los podríamos suministrar al hospital de Hargele desde
Gode, ya que la mayoría de estos medicamentos son accesibles aquí. Necesitaríamos
fondos para pagar el combustible de los vehículos nuestros, que van y vienen a las
zonas de emergencia y, por último, fondos para comprar alimentos de primera
necesidad.

El hedor era insoportable. Horrible ver poblado tras poblado, a cuyas orillas se amontonaba el ganado muerto de sed e
inanición. Foco infeccioso peligrosísimo para estas gentes cuyo sistema inmunológico es debilísimo.
En el camino de vuelta, pensaba, emocionado, en medio de tanto horror como había
visto ese día, que era la primera vez que estas gentes habían visto el rostro de la caridad,
por la presencia de un sacerdote católico.

Era la primera vez en la historia que la Iglesia Católica llegaba a la zona somalí del
Afder. Y daba gracias a Dios que, como dice San Pablo: “se fio de mí y me confió este
ministerio”.
Y me venían a la mente las palabras que acababa de meditar en días anteriores de
nuestro Santo Padre el Papa Francisco en su mensaje de esta Cuaresma:
[…] Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las
personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la
puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a
cambiar de vida.

La primera invitación que nos hace esta parábola es la de
abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea
vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio
para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el
rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino.
Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor.

La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre

todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo
que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico […].

Volví a casa muerto de cansancio y roto de la pena por lo que mis ojos habían visto.
Desde el instante mismo en que llegué de nuevo a la misión, no he parado de darle
vueltas a lo que se puede y debe hacer como Iglesia de Jesucristo que somos; testigos
del amor misericordioso de Dios, que es Padre y ama a cada una de estas personas.
Quizá sean personas inexistentes, irrelevantes para el mundo; quizá su tragedia sea a lo
sumo una mera estadística. Para Dios no, para la Iglesia tampoco.
Son personas cuyo rostro sale del anonimato en el encuentro con una Iglesia misionera,
siempre dispuesta a ir más allá, donde no ha llegado nadie. Y, es que la Iglesia, es la
única que sabe ver en toda esta tragedia, que cada vida, cada rostro, es icono y
transparencia del crucificado.

Os ruego por el amor de Dios que hagáis cuanto podáis por ayudarnos. Toda ayuda, por
pequeña o aparentemente insignificante que os parezca, puede ayudar a salvar una vida.
Soy voz de quienes no tienen voz, o sólo tienen un gemido ahogado, como un nudo en
la garganta, gemido estridente y reseco, donde no solo no tienen agua, sino que ni
siquiera les quedan más lágrimas que llorar.
La Iglesia, como Nuestra Señora Santa María, camina siempre junto a su Hijo que en la
vía dolorosa de estos polvorientos senderos, cae y se levanta una y otra vez. Unas veces
tiene cosas que dar, otras, tiene las manos vacías (¡si lo sabré yo!), pero llenas o vacías
las manos, la Iglesia caminará siempre en cada misionero, adherida como madre y
esposa, al cuerpo crucificado de su Hijo, en los hombres nuestros hermanos.

Cada día en cada Santa Misa, ofrezco en la patena y el cáliz, la muerte y la vida de estas
pobres gentes. En esa misma oblación y ofrenda os ofrezco a todos vosotros que, con
vuestra caridad vestís con nosotros al desnudo, dais de beber al sediento y de comer al
hambriento. ¡Por amor de Dios ayudadnos cuanto podáis!

Ante el Sagrario de la misión por todos oramos y con Nuestra Señora, reina de la
misiones, pedimos que a todos nos acoja bajo su bendito manto.

A todos os deseamos una Cuaresma en que se nos rasgue el corazón, para que demos
frutos de conversión, compartiendo con los pobres tanto como a todos nos sobra.

 

Os bendigo a todos.

Padre Christopher

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